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  • Película de los hermanos Quay: "El afinador de terremotos"

    Título: 
    El afinador de terremotos


    Escribe Martín Riva
    creoquemartinriva@hotmail.com


    1. Introducción e historia


    Hace unos días vi El afinador de terremotos, de los hermanos Quay (Stephen y Timothy Quay). Anoto algunas de las primeras impresiones que me ha dejado la película.


    Dos amantes, que también son parte de una ópera, son interrumpidos mientras están en un encuentro erótico. Los interrumpe un asistente para llevarle unas flores a la cantante. Las flores provienen de una persona que había enviado otras veces esas atenciones. Luego, en la obra, los actores y amantes, que saben de la mirada del admirador, y a la que aluden, desarrollan sus papeles: ella canta; él está siendo llevado por un conjunto de niñas, con los ojos vendados, hacia una silla —silla que está unida por un camino de luces de velas en el piso hacia la cantante—. A la cantante, otra niña, desde lo alto, le deja caer flores. Pero la obra se interrumpe. Un terremoto. La cantante cae. Está muerta. El admirador llega y se la lleva, pero antes de irse, recoje un zapato de la cantante y le dice al actor y amante (Adolfo), que nunca oirá de nuevo ese canto. Luego estamos ya en la isla del doctor Droz (el admirador). En esa isla, que es también un hospicio, hay un grupo de hombres (pacientes), una mujer madura y bella (Assumpta, el ama de llaves) y unas máquinas creadas por el doctor (los autómatas). Y también está la cantante. Sí, la cantante muerta es ahora una mujer viva y loca. Mi bello Lázaro le dice el doctor Droz al revivirla, en un estanque de agua, en una tumba de agua, donde él camina lentamente hacia un beso que la trae de la muerte. Pero ese volver es atroz. La mirada de la cantante bella, joven y loca, así lo demuestran. Volver de la muerte es una salvación si se vuelve sin muerte, o si se vuelve sin la muerte de algo que es central para nuestras vidas. Hay una parte de la cantante loca que no ha vuelto. Y lo demuestra no sólo en su locura, sino en un constante mirar hacia el pasado o hacia la nada o hacia la muerte quizás, en un mirar sin vida casi, y en un constante llamar a su Adolfo. Y el afinador de pianos Felisberto Fernández llega a la isla. Había sido llamado por el doctor, pero al llegar se entera de que no hay ningún piano para afinar, sino que su trabajo será afinar, acomodar, hacer que funcionen mejor las máquinas creadas por el doctor: los autómatas. Los autómatas son una suerte de pequeños teatros, con muñecos, escenografía de falos, orificios, pelos, sangre: máquinas, con engranajes que parecen retroalimentarse, que representan una y otra vez su papel, como todos los autómatas, pero tienen además sueños de personas. El doctor tiene dentro de esos autómatas los sueños de las personas, quizá no de todas, pero sí de algunas. De a poco se irá apoderando de los sueños del propio Felisberto (quien posee los sueños posee la vida del otro quizás, por ejemplo, se apodera de un silbido —el silbido de un tango que Felisberto silba, porque no sabe cantar quizás—). En la historia aparecen muchas otras cosas, entre ellas los encuentros de seducción entre el ama de llaves (Assumpta) y Felisberto; el ir descubriendo una voz, que es la voz de la cantante, por parte de Felisberto (lo primero que conoce de esta mujer bella y joven y atrapada es su voz); luego están todas esas escenas llenas de significado, de belleza, de música, hasta llegar al punto donde Felisberto comienza a rechazar la anomalía de esta isla, y entonces el rechazo se convierte en lucha, en intromisión, en no dejarse atrapar por los juegos de un otro que es considerado enemigo, ni siquiera por los juegos de seducción de Assumpta. Y dentro de esta lucha, Felisberto es invitado a representar un papel en la obra donde canta esa mujer, que quizá él quiera curar, que quizá él quiera salvar. La obra se representa, y dentro de los invitados a presenciar la obra, está el propio Adolfo, que ve su propia historia, y en su papel está Felisberto. Se asombra Adolfo, se asombra Felisberto, se miran, se acercan, y cuando van a tocarse no pueden hacerlo, porque algo los separa. Están separados como por una pared invisible, por un vidrio que no deja que actores y espectadores se toquen o que personajes y personas se toquen. La desesperación de Adolfo de ver su propia historia, y no sólo su propia historia sino también —y sobre todo— de ver a su amada (la que oye tal vez ya no sea la que amó porque ya es otra), es narrada con gestos mudos, como en un sueño donde no se puede hablar y que nadie nos presta atención, más allá de nuestro mutismo o de nuestros gritos o intentos de gritos, como que nadie se da cuenta de lo que está sucediendo. Pero Felisberto algo nota, pues luego de mirarlo a Adolfo, y de no poder tocarse con él, se quita los atuendos de su personaje, se desprende de él, y va hacia la cantante. Y ocurre otro terremoto. Al doctor Droz le sale un cuerno de la cabeza, tal vez como un mostrar quién era en realidad, como un falo oculto, un poder oculto que se muestra. Pero Felisberto había desafinado a los autómatas, que se estaban apoderando de él, de ella (la cantante), y de todos quizás, con la idea de impedir ese apoderamiento. Pero no lo logra. Entonces, en la última escena de la película, la única que queda es el ama de llaves, que se acerca a un autómata, y mira, y dentro está Felisberto, con la cantante loca, en una reiteración rota (porque las máquinas habían sido trabadas o perjudicadas luego de ser afinadas por el propio Felisberto): sólo queda una reiteración de un acercarse, de algo que había pasado pero que ya no continuaría, de un paso trabado eternamente quizás. La escena que se repite es la de uno de los encuentros que ellos tuvieron, cuando ella estaba loca y él sin poder curarla ni salvarla aún.


    2. Los llamados y las respuestas a los llamados


    Podemos creer en lo explícito, que Felisberto ha sido llamado por el doctor para afinar a los autómatas, pero también podemos pensar que no ha sido llamado para hacer una sola cosa. Podemos pensar que se lo llama para hacer varias cosas. Podemos pensar que Felisberto está siendo llamado a afinar los autómatas (por el doctor Droz), pero al mismo tiempo que está siendo llamado para la seducción y sus posibles continuaciones (por Assumpta), o bien que está siendo llamado para formar parte de un andar también de automatismo (por los pacientes). Pero sobre todo me gusta pensar que está siendo llamado a salvar y poseer un espíritu y un cuerpo y una voz (por la cantante). Incluso podemos pensar, que así como el doctor Droz llama, como llama la cantante, y los otros pacientes, y el ama de llaves, tal vez el propio Felisberto esté llamando, pero: ¿a quién, y a qué? Inclusive pienso que todos han sido llamados a su vez por otros que no se logran ver. Tal vez el doctor Droz también haya sido llamado por alguien. Pero ahora bien: no necesariamente un llamado es un suceder cerrado. Existe la posibilidad de salirse, de rechazarlo, de mejorarlo, de hacer varias cosas mientras tanto. Al menos podemos pensar que así es, sin que nadie pueda comprobarnos lo contrario, del mismo modo que nosotros no podemos comprobar que esto es verdadero.


    Decía que tal vez el propio Felisberto esté llamando a alguien o a algo, y ese algo o ese alguien podría ser a la ruptura con el automatismo, a la ruptura con la muerte y la locura, al acercarse al canto, a la belleza, a la juventud, y a las simbologías de todo esto.


    Pienso también en el paciente que desaparece y es buscado, y que luego aparece ahogado. Este paciente parece alterar un orden. Tal vez represente que si no se puede luchar ni triunfar, al menos se puede salir del automatismo con el suicidio. Aunque no me parece la mejor opción, salvo en casos extremos (los casos extremos casi no existen).


    Por último, y esto es más tangible, todo parece tener un punto en común, que es la obra que se representa al final de la película, donde todos, de alguna manera u otra, son incluidos: los pacientes, la cantante, el doctor Droz, el ama de llaves, los espectadores, Adolfo, y, claro está, el propio Felisberto. Pero el problema que trae consigo el pensamiento casuístico es que una vez resuelta la obra, pensamos en los autómatas, y luego en el ama de llaves en la isla, y la isla en el mundo y así hasta el abismo o lo desconocido. El pensamiento casuístico no logra resolver ciertas cosas.


    3. La fatalidad sería el automatismo


    Al ver la película nos puede quedar la imagen concreta de que las personas podríamos ser el sueño de un dios o de una serie de dioses. Pero esto nos quitaría responsabilidades, entre otras características de una situación de este tipo. Lo que debería ser causa de interés sería el hecho de que tal vez existe la posibilidad de ser libres, y quedarse en el automatismo sería la verdadera fatalidad, ya que sería nuestra responsabilidad ese suceder: sería un afantasmarse —un afantasmarse inclusive sin divinidades. La fatalidad sería el automatismo, y no necesariamente ser el sueño de un dios.


    4. El poder como recurso


    Ser el sueño de alguien, ser el personaje, la marioneta de alguien, implica, en principio, que el otro tiene un poder sobre mí, pero al mismo tiempo hay casos donde ese poder puede ser contrarrestado o anulado. Y a veces las cuestiones se desarrollan a la inversa, es decir, los que tienen el poder sobre un otro somos nosotros. En ese ir y venir de los poderes se mueve parte de nuestras vidas. Una vez más hay que reiterar que el poder no es bueno ni malo, sólo es una posibilidad, un recurso para el bien o para el mal, para la belleza o la fealdad, para la justicia o la injusticia.


    Pensando en la película, y en mi vida y en la vida de muchos, es claro que el amor es una forma de poder, igual que el odio. El amor que tenemos sobre los otros, o que los otros tienen sobre nosotros, nos mantiene vivos o nos mata. Esto es válido para cualquier afectividad o poder.


    5. El papel del ama de llaves


    Por un lado pienso que es cierto que gran parte del poder lo tiene el doctor Droz, o, mejor dicho, que el que parece llevar adelante los sucesos es el doctor Droz. Pero la escena final, cuando es sólo el ama de llaves la que queda en escena, mirando al autómata donde ha quedado atrapado Felisberto y la cantante, me ha hecho pensar que ella también sería una suerte de dios, inclusive que ella era un dios bueno, por decirlo de alguna manera, y el doctor Droz un dios malo. También agregaría esa suerte de disputa que tienen en una escena entre el doctor Droz y el ama de llaves. En esa escena ella parece recriminarle, al propio doctor Droz, que él tiene un comportamiento maligno. Otra cosa que me hace reafirmar lo anterior, es que en el banco, frente al agua, cuando llegan los invitados a presenciar la obra, la que está sentada y con los ojos cerrados, como dormida, ya no es la cantante, sino el ama de llaves. Y en la cintura de su vestido se hacen visibles las llaves. Las llaves, claro está, sería el poder en su máxima expresión, aunque no necesariamente aluda a todos los poderes posibles. Puede ser una suerte de chiste silencioso casi que el ama de llaves sea la que haya estado dominando las circunstancias. Pienso esto por lo típico que resultaría decir que al final el ama de llaves era la dominadora, porque es un caso típico que el ama de llaves o el mayordomo sea el asesino, llegando a esta otra forma, que puede ser vista como un chiste sutil también, o, si se quiere, como una versión de esos finales típicos de las historias policiales. Otra escena que me resulta curiosa es cuando Felisberto le pregunta algunas cosas al respecto del doctor Droz al ama de llaves, y ella le responde algo así como que ella es su biografía viviente. Una biografía viviente me hace pensar en un dios hecho carne, en una mesías, en una parte humana de un dios o en un dios humanizado. No sé si es así, pero comparto con ustedes estas conjeturas.


    6. Variantes del final


    Podemos pensar que Felisberto y la cantante quedan atrapados en un autómata, pero también podemos pensar que sólo quedan atrapados allí sus sueños o su pasado, y que siguieron sus vidas, como nosotros creemos seguir las nuestras. Otro posible final hubiera sido tal vez si Felisberto afinaba realmente a los autómatas: quizá la historia hubiera sido otra, dado que al no hacerlo, queda trunco, como mínimo, el mecanismo del autómata donde se lo ve a él junto a la cantante —lo que no indica que estén realmente dentro del autómata—. La idea de ocupar nuestro lugar me parece central para entender esto, y otra idea que sumaría es que el universo ya está cuando llegamos, y quedará cuando nos vayamos seguramente, y que quizá sólo nos corresponda, como dije antes, ocupar nuestro lugar.


    7. Los afinadores de terremotos


    ¿Qué es un afinador de terremotos? ¿Qué significaría ser un afinador? ¿Qué significa un terremoto? Un terremoto es cuando se mueve la tierra, es decir, que el lugar donde estamos, se mueve, deja su aparente quietud para entrar en una convulsión o movimiento mayor al que se tenía. Y dejamos de hacer pie. Ahora bien: cuando comenzamos a interesarnos sobre ciertas cuestiones, dejamos de hacer pie, pues suceden los terremotos. Y aparece la confusión, si es que ya no estaba. Y entonces ahí aparece la tarea del afinador, del que pone en un mejor orden algo que ya estaba pero sin ese orden: un afinador sería un mejorador, un equilibrador. Dicho de otro modo, cuando perdemos la estabilidad que nos da ser un autómata, y empezamos a ser hombres, todos los anteriores valores se empiezan a remover, y es ahí donde tenemos que ser un afinador de terremotos, siempre en cuanto querramos vivir de un mejor modo. Ya se acostumbrará a vivir en la confusión, le dice el ama de llaves a Felisberto. Podría decirse, depende como se lo mire, claro está, que eso es más o menos lo que viene haciendo el hombre desde hace milenios: vivir en la confusión, aunque no todos se acostumbran ni son felices en ella.

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